La explosión de la IA en Spotify y otras plataformas de reproducción musical abre nuevos debates sobre derechos de autor y el consumo de canciones. La enorme mayoría de los usuarios no distingue entre la música compuesta por seres humanos y aquella desarrollada con IA.

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¿El fin de la música? Un horizonte de la IA en Spotify
No es ninguna novedad que la inteligencia artificial está ocupando cada vez más lugar en todos los rubros. La música no es la excepción, y el desarrollo de la IA en Spotify y otras plataformas ha desencadenado debates sobre los derechos de autor, la originalidad y el modo de consumir los contenidos.
Lo que se viene notando es una mayor presencia de artistas 100% digitales en los charts de reproducción. Algunos de los más conocidos son Noonoouri quien firmó un contrato con Warner Music; Butterbro, que significó una revelación en Alemania; y FN Meka, un rapero con IA que superó los 10 millones de seguidores en TikTok.
Este escenario refleja una asombrosa paridad de audiencia entre los contenidos creados por humanos y los creados con IA. De hecho, un estudio sobre el tema, realizado por la plataforma de música Deezer y la empresa de investigación Ipsos, revela que el 97% de las personas no distinguen la diferencia.
Está claro que las canciones que más éxito han tenido con IA en Spotify son aquellas que persiguen un alto grado de perfeccionamiento, hasta el punto en el que parece que realmente tienen una personalidad musical. Sin embargo, al tiempo que la tecnología avanza sobre el arte, se pone en cuestión la importancia de la originalidad en la composición.
Son numerosos los músicos que se han declarado en contra del desarrollo de este campo, entre ellos Nick Cave y Paul McCartney. Este último participó de la grabación de “Is This What We Want?”, en un tema que mezcla sonido ambiente a modo de protesta contra la falta de regulaciones gubernamentales sobre la IA.
Lo que se cuestiona es que un software de creación musical toma estilos, técnicas y modulaciones de artistas humanos sobre los que basa su producción. No es muy distinto a la composición hecha por humanos, pero se prescinde de cuestiones que, para muchos músicos, son fundamentales: las emociones, experiencias y sentimientos propios de las personas de carne y hueso.
IA para inflar las reproducciones de Spotify
Además de la producción de música, otro uso que se le ha dado a la IA en Spotify es el de inflar la cantidad de reproducciones a través de bots. Esto forma parte de una estratagema para hacer dinero a través de las plataformas que monetizan el contenido.
Se trata de un bucle en el que la IA figura como la protagonista. Las personas que llevan a cabo el fraude suben canciones creadas con IA en Spotify, bajo nombres de distintos, a veces miles, de artistas inventados, de cualquier género posible.
A continuación, también con la IA al servicio de la estafa generan bots para realizar reproducciones en Spotify. Así se inflan los números y estos supuestos artistas se llenan los bolsillos con música que no produjeron a través de usuarios falsos sin capacidad real de escuchar canciones.
Uno de los casos más conocidos es el de Michael Smith, un estadounidense que desarrolló un software para que los bots reprodujeran canciones de distintos artistas con IA que él mismo había creado en Spotify. De esta manera logró embaucar a la empresa por más de 10 millones de dólares.
Cuando un mismo bot reproduce una canción continuamente, las plataformas tienen manera de percibir que se trata de una adulteración. Pero lo que hizo Smith burlaba las normas de seguridad, ya que los bots alternaban entre los distintos contenidos que había creado con IA en Spotify.
Sin embargo, finalmente fue detectado y enfrenta cargos judiciales por fraude electrónico y blanqueo de capitales. Así y todo, el caso suscita otro problema de la música con IA: el hecho de que las plataformas de reproducción les pagan a sus artistas sobre la base de un pozo común.
Es decir, todo el dinero que los falsificadores obtienen a través de bots se les resta a los músicos verdaderos que viven de su producción. Un jaque a la labor de las personas que siguen haciendo de la música su trabajo, y una puerta de acceso para los aprovechadores de siempre.