La financiarización de la economía ha implicado una multiplicación enorme del capital global en pocas décadas. Lejos de tener efectos positivos, el fenómeno va de la mano con el incremento de la desigualdad. El 1% más rico capturó el doble de riqueza que el 50% más pobre.

La financiarización de la economía ha implicado cierto abandono de la producción.
De qué hablamos cuando hablamos de financiarización de la economía
Desde la década de 1970, la economía global pasó de estar enfocada en la producción para centrarse en la reproducción de capital, a lo que se le llama finanzas. Claro que no se trataba de un fenómeno nuevo: ya había sido descripto, y muchas veces en términos críticos, por los economistas del siglo XIX, pero la magnitud que tomó el negocio fue inconmensurable.
Es decir: de la generación de bienes y servicios, las actividades económicas comenzaron a desplazarse hacia la especulación financiera. El dinero dejó de ser invertido directamente para aumentar el rendimiento, y comenzó a ser administrado en carteras que buscan una rentabilidad en el mediano o largo plazo.
En el plano individual y familiar, uno de los impactos fue el ahorro mediante plazos fijos, que los bancos popularizaron a partir de 1960, y que cobraron una aceptación global en las décadas subsiguientes. A gran escala, la financiación de la economía implicó el desplazamiento de enormes cantidades de capital a Wall Street.
El crecimiento de la economía financiera no representó directamente una caída en la economía productiva. Gracias al uso de tecnología, se consiguió incluso acelerar los procesos. No obstante, lo que sí comenzó a verse es una mayor inseguridad laboral, muchas veces acompañada con procesos de desempleo masivo, sobre todo en países emergentes.
¿Para qué ha servido el capitalismo financiero?
El pasaje de la producción a la especulación a menudo se conoce como capitalismo financiero. Lejos de proponer soluciones a los problemas que se habían dado en los siglos anteriores, el nuevo modelo los acentuó. Según puntos de vista especializados, la concentración de las finanzas fue el germen de las actuales crisis.
Aunque es difícil dar un cálculo exacto, se estima que en la financiarización de la economía implicó la reproducción del capital global en un 400%. En cuatro décadas, se pasó de 30 billones de dólares a 150 billones.
Sin embargo, el 1% más rico captó el 27% de ese crecimiento. En contraposición, el 50% más pobre recibió el 12%. La brecha entre los más beneficiados y los más excluidos nunca estuvo tan marcada como en la actualidad, algo que no solo se refrenda en tesis económicas, sino incluso publicaciones religiosas, como el reciente Magnifica Humanitas del Papa León XIV.
En 1980 los activos financieros correspondían al 300% del PIB mundial; hoy en día superan el 500%. Esto quiere decir que el crecimiento del capital está desvinculado de lo que se produce. Al igual que un fermento, crece a partir de sí mismo.
Todo el excedente que resulta de ese proceso ha sido derivado a otras carteras financieras para su multiplicación ociosa, o bien puesto en fondos de inversión, desde los cuales se desarrollan negocios de alto impacto en la sociedad, como la especulación inmobiliaria y la industria armamentística.
Un orden que no tiene nada de natural
El punto de inflexión para esta organización de la economía fue cuando, en 1971, el presidente estadounidense Richard Nixon cambió el patrón de convertibilidad del dinero. De manera unilateral, el gobierno decidió dejar de usar el oro como elemento de cambio, y las divisas comenzaron a fluctuar libremente en relación con el dólar.
En la década de 1980 se alinearon los líderes políticos de Estados Unidos y del Reino Unido: Ronald Reagan y Margaret Thatcher. La aceleración del proceso fue tan marcada que el éxito de las empresas dejó de medirse en ingresos para estar calculado en sus posibilidades financieras, incluso cuando se tratara de firmas del sector productivo.
Este proceso fue fomentado por varias dictaduras latinoamericanas, como la de Chile y la de Argentina. Los países que no abrieron sus mercados a las finanzas estadounidenses, como Brasil y México, fueron posteriormente presionados por el Fondo Monetario Internacional (FMI), hasta el punto que sus economías sufrieron fuertes crisis en la década de 1990. No fue un cambio natural: fue una imposición del poder concentrado. Los resultados, a la vista.